Hay lugares insospechados –en este caso por lo
tradicionalmente poco musicales- que, sin embargo, ejercieron un inusitado e
indirecto influjo en el devenir del punk doméstico. En el barrio madrileño de
Aluche, a escasos metros de nuestros incipientes sueños y sospechas, tuvieron
lugar acontecimientos tan sustancialmente diferentes pero tan aparatosamente
relevantes como la segunda de las apariciones en vivo de Kaka de Luxe o la
famosísima detención de los miembros de Eskorbuto, en aquel paseo por la
capital para promocionar sus improperios contra el orden establecido y que les
sumió en la más frustrante de las ignominias, provocando su guerra frente a
todo y todos, en un ejercicio de nihilismo militante que marcó un punto y
aparte -sin retorno- en la historia de la música estatal, consecuente hasta los
últimos estertores, que tantos sarpullidos provocó incluso en los ámbitos más
afines –en teoría- a su propuesta y filosofía. Eskorbuto fueron la rabia
inmisericorde, la fragilidad, la autodefensa y la autodestrucción en su máxima
expresión.
Independientemente de sus discutibles virtudes
artísticas y su herencia musical –el nefasto punk-rock cervecero radical de
proclamas a cual más torpe y pueril-, los de Iosu Espósito representaron lo más
fielmente la crudeza y consecuencia de su planteamiento ideológico, donde en
cualquier otro lugar se hubiese explotado y adornado con incontables florituras
informativas, lucrativas y morbosas, relegándoles al papel de grupo maldito
–ostenta el índice de mortalidad más elevado por metro cuadrado en el menor
espacio de tiempo-, homenajeado hasta por quienes se embarcaron en una batalla
cruenta contra los de Santurce, por quienes les tacharon de traidores a una
etiqueta tan limitada y ahogada en su propia mansedumbre y maquillada de causa,
además de muchos de los que siempre se situaron en las antípodas de sus
presupuestos logísticos.
Pero algo debieron tener para permanecer en la
retina, como ejemplo fidedigno de peligrosidad y turbulencia social y
artística, sin más concesiones que las estrictamente vitales, como un alarido
feroz en mitad de la (falsa) calma, cuando voceaban aquello de “prefiero morir
como un cobarde que vivir cobardemente”. Apátridas y cabreados, a pecho
descubierto por la vida y sus interminables paradojas.
No quedan más cojones, Eskorbuto a las
reivindicaciones.
Entrada publicada originalmente en el fotolog de Lenny Leonard 'Primero tomaremos Manhattan' el 26/06/2007

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