Carlos Berlanga





Quizá se nos fue más bien por aburrimiento. Le escamaban las últimas modas musicales, cada vez más adocenadas y previsibles, cada vez menos sugerentes y divertidas. Es el prototipo de artista al margen del mundo, pero que también necesitado de él para inspirarse. En la parte más iconoclasta, kitch, elegante y elitista del mismo, eso si, que para eso se había preocupado desde niño por cultivar esa fina ironía y ese gusto por lo más sofisticado, exquisito y único, aunque muchas veces brotara del puro pastiche. Pero hasta para manejar el pastiche y crear algo perdurable y atractivo hay que tener genio, y de eso él andaba más que sobrado.
También acabo por odiar Madrid, como cualquier persona medianamente consciente, sensible y exigente: su vírica y plomiza cotidianeidad, el analfabetismo estético y artístico del que en casi cualquier rincón de la ciudad se hace gala, y lo que es peor, blandiendo el amargo presentimiento de que pocas posibilidades habría de que diese un giro y de que todo adquiriese –o procurase adquirir- una realidad multicolor.
Tras su desaparición hace hoy cinco años, se extendió ese sentimiento –quizá más bien producto de la inercia y el conocimiento apresurado y oportunista de su obra, nos gusta pensar a las mentes retorcidas- de que con su pérdida se extinguía uno de los más necesarios compositores del pop doméstico. Una verdad como un templo, pero que muchos menos reivindicaban cuando él andaba coleando, quedando relegado a lanzamientos discográficos semiclandestinos o directamente equívocos, los cuales sólo una selecta minoría –nosotros- tuvimos la capacidad de seguir y consumir. Y que volveremos a perseguir, de aquí a la eternidad, o sólo 120 años, cumpliendo esas ansias de fugacidad y destrucción que sólo entienden –entendemos- los de esta parte del mundo.




Entrada publicada originalmente en el fotolog de Lenny Leonard 'Primero tomaremos Manhattan' el 05/06/2007

No hay comentarios:

Publicar un comentario