Maestro de Maestros (pregunten a
señores como João Gilberto, Caetano Veloso o Gilberto Gil, que les confirmarán
sobre su inevitable influjo bahiano), Dorival Caymmi, figura indiscutible de la
música brasileña desde finales de los años treinta -por aquello de ceder alguna
de sus composiciones para lucimiento de Carmen Miranda-, fue uno de los
compositores más laureados de los años cuarenta y cincuenta. Artista multidisciplinar
-músico autodidacta, pintor, poeta y hasta precursor de una de las sagas
cariocas más consideradas-, intérprete finísimo y apuesto fundador de la
“samba-canção”, de los que sabe acomodarse a la perfección en cualquier ritmo
que se le ponga por delante, ya sea desde el lado festivo (sus famosas
composiciones “playeras”), o tocado por la saudade como sólo unos pocos
elegidos pueden hacerlo. Con uno de ellos precisamente, esa barbaridad hecha
persona humana que respondía al nombre de Tom Jobim, y apuntalando esa
saludable costumbre que tantos y tan buenos resultados ha dado a las
grabaciones brasileiras como es la promiscuidad artística “colaboracional”,
grabó un soberbio álbum, allá por el año 1964, “Caymmi visita Tom”, otro de
esos documentos de una época genial, única e irrepetible de la música del siglo
veinte que nos regalaron desde aquellas latitudes, gracias a reclamos tan
increíbles como “Inútil paissagem”, “Saudade de Bahia” o la eterna “Sem Você”.
Curiosamente, Dorival es un autor
muy poco prolífico -apenas supera las cien composiciones propias en toda su
carrera-, pero momentos como “Dora”, “Marina” “Nunca mais” o “Acalanto” son
incuestionables, por su emoción y su hechizo, y le colocan a la cabeza de la
música popular brasileña de todos los tiempos.
Entrada publicada originalmente en el fotolog de Lenny Leonard 'Primero tomaremos Manhattan' el 05/02/2006

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