Felizmente anacrónico, Rohmer gasta uno de sus
últimos cartuchos (¿el último?) para seguir poniendo tierra de por medio
respecto a todo el cine actual, en las antípodas de cualquier efectismo o
urgencia. Su mirada sigue tan fría y serena como siempre, describiendo con pulcra
sencillez una historia clásica rayana en lo empalagoso que, sin embargo,
resiste con oficio gracias a un despojamiento casi total de cualquier artificio
formal, centrándose en una trama imperecedera y eterna con escrupulosa
fidelidad a las fuentes sobre las que se sustenta y por las que se desliza su
nueva película. Lo importante aquí son los trazos internos, el argumento en su
cogollo fundamental, eludiendo brochazos abigarrados que puedan desorientar al
espectador preocupado ante todo por la melodía frente a los arreglos. Al
margen.
Entrada publicada originalmente en el fotolog de Lenny Leonard 'Primero tomaremos Manhattan' el 24/09/2007

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