Digámoslo claro y meridiano: grupos españoles
realmente buenos e importantes de la primera mitad de los noventa (y por ende
de la segunda) se pueden contar con los dedos de muy pocas manos. De
poquísimas, vaya. Y dentro de esa exclusiva lista, Patrullero Mancuso ocupan
lugar preferencial y meritorio. Y últimamente aún más, trantándose como se
trata de uno de los grupos –tal vez las más de las veces de manera
inconsciente- más influyentes en los ‘nuevos undergrounds’ (sic) de la década
en curso. Los de Villaviciosa nacieron y murieron con aquella década, pero su
influjo y su memoria permanecen imborrables a la hora de rescatar el grano de
la paja.
Su mejor época es, sin discusión, la primera.
La que comprende los discos “El trabajo de odiar” (precioso título) y su obra
magna, “Fantasía”. Discos ambos hoy inencontrables e igualmente merecedores de
una reedición en condiciones (parece que recalar al principio en Munster devino
y deviene directamente en desgracia). Entonces ostentaban el sambenito de grupo
irregular en directo y en estudio directamente catastrófico, pero en aquél
momento fue cuando entregaron sus mejores canciones y sus discos más completos,
haciendo de sus limitaciones toda una virtud. “Rocas abajo”, “Crimen astral”
(¡”asesino onírico”!) “Gato de mar” o “El chico con ruedas” (uno de los hits
indiscutibles del pop español) son algunas de las razones por las que seguir
prefiriendo esta etapa a los posteriores “Tortilla estatal” o “Bodegón
musical”, discos ya mejor grabados, pero sin la chispa del principio,
documentos de una segunda época dominada por la dispersión de sus componentes
en proyectos paralelos y un progresivo distanciamiento creativo en el plano
interno de un grupo escasamente valorado, hasta cierto punto a contracorriente
(por cantar en castellano y tener más referencias –Shadows, psicodelia,
psichobilly, new wave, etc.- que Sonic Youth-Pixies-Dinosaur Jr.; suena a coña
pero el grueso de los grupos de su generación sólo conocían poco más de cinco
referencias. Muy cierto. Así salían luego los grupos que salían…). Impulsores
de formaciones como El Niño Gusano (baste escuchar canciones como “Pienso luego
miento” para comprobar de quién cogieron los de Zaragoza muchos de sus primeros
trucos), además, contaban en sus filas con dos de las personalidades más
carismáticas de la independencia, Murky y Guiller Momonje, protagonistas de
incontables aventuras, a cual más bizarra e imprevisible.
Entrada publicada originalmente en el fotolog de Lenny Leonard 'Primero tomaremos Manhattan' el 04/04/2008

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