Una batería a piñón fijo, como ensayando una
hipotética canción al margen de una voz obnubilada y ajena a la autoconciencia
de un entrañable desafine, interpretando unos textos cotidianos en dilatadas
estrofas, mientras una guitarra renquea desconocedora de las leyes de la
gravedad de la técnica musical. Así se nos muestran The Shaggs, leyendas del
bizarre artístico sin proponérselo, involuntarias reinas del free-pop o
free-folk con una conmovedora capacidad para esquivar las mínimas reglas de una
ejecución mínimamente consistente. Uno de esos casos en que la antropología
supera casi cualquier disposición sonora, y la realidad a la ficción. Querer
proclamarlas la versión rock de Ed Wood se me antoja desacertado o por lo menos
insuficiente: mientras el cineasta andaba convencido de su arte y de que poseía
la destreza necesaria para llegar a ser un autor respetable, The Shaggs eran
más bien arrojadas al mundo discográfico bajo el férreo entusiasmo de un
progenitor chiflado que necesitase ver aliviadas sus propias frustraciones
artísticas gracias a una carrera de éxitos de sus descendientes, y todo ello
sin los más básicos conocimientos y referencias musicales, en el aislado ámbito
de la América más profunda. No llega a los extremos de un pequeño salvaje de
Truffaut descubriendo por ciencia infusa a Everly Brothers o Velvet
Underground, pero poco le falta. ¿Y donde está la gracia del artefacto?. En
unas melodías sugerentes, y en un insólito e irreflexivo sentido de la
contemporaneidad –el lo-fi trabajado veintitantos años antes de su floración
oficial-, condensadas en unas grabaciones (sub)desarrolladas en una hora
escasa.
Hasta el título de su único disco oficial
tiene una retranca de irresistible candor. Es normal que Jonathan Richman las
tenga como uno de sus formaciones favoritas: semejante milagro sólo puede ser
apreciado en su justa medida por almas en verdad sensibles y preservadas.
Entrada publicada originalmente en el fotolog de Lenny Leonard 'Primero tomaremos Manhattan' el 18/05/2007

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