Elvis Costello





Hay muchos Elvis Costello. Está el canónico nuevaolero (sobre todo el que comprenden los discos “This Year Model” y “Armed Forces”), el maduro que se inicia con el sobrevaloradísimo “The King of America” pero que se endereza con otros como “Spike” o “Mighty Like a Rose”, el neoclasicista y ambicioso de “The Juliet Letters”, “Painted from Memory”, “North”, “Il Sonho” o el decididamente narcisista en su revueltas de tuerca sobre la tradición rockera de “The Delivery Man” o “The River in Reverse”. Incluso el de su reconciliación eléctrica con The Attractions a mediados de los noventa (aprovechemos para reivindicar el notable “Brutal Youth” y sin darse importancia). Para todos los gustos, y no siempre encontrados. Es lo que da de sí un autor deslumbrante y obligatorio en constante búsqueda expresiva.
Pero sigue habiendo un Costello desdeñado por la crítica e incluso por él mismo, que no es otro que aquél de la primera mitad de los ochenta donde, temporalmente, dejó de estar “de moda” y donde facturó excelsos discos de pop que pretendieron estigmatizarse por cuestiones de producción, de desaliento existencial o por esos vaivenes de la industria donde algunos de repente le vieron desubicado. Después de los aclamados “Get Happy!” y “Almost Blue” (acercamientos al soul y al country respectivamente por la autovía de la new wave), nada que objetar (y espero que nadie se atreva) al inconmensurable “Trust”, uno de esos discos que aun hoy provoca las lágrimas después de seguir comprobando tanta capacidad de talento, llegamos al quid de la cuestión: “Imperial Bedroom” (actualizamos con una foto promocional de aquellos días) y “The Punch Clock”, uno más orquestal y otro decididamente más madnessiano. Dejamos aparte el irregular “Goodbye Cruel World”, que no es tan flojo ni como piensa el propio McManus.
Decir que de “Imperial Bedroom”, por ejemplo, Elvis sigue recuperando canciones en giras recientes, como por ejemplo la de “North” (ahí están “The Long Honeymoon” o “Tom Cryer”), que no existe ninguna canción floja por mucho que busquemos y rebusquemos (ni siquiera en los bonus de reediciones posteriores) donde la orfebrería melódica marca de la casa alcanza cotas sólo soñadas por el resto y que “Punch the Clock” es un formidable y jugoso compendio de trompetas, soul blanco y trepidantes rodajas del mejor pop que siempre apetece y relaja las conciencias (¡esas letras!). Y que además incluye una de las mejores caras b que se recuerdan: “The Heathen Town”. A la altura de la mejores obras de este señor siempre tan inabarcable.




Entrada publicada originalmente en el fotolog de Lenny Leonard 'Primero tomaremos Manhattan' el 25/03/2008

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